04 Ago 2015 -

Me salvé de la muerte

Siempre digo que mi vida es un milagro. Por eso quiero compartir este episodio de cuando era estudiante universitario. En mis vacaciones, por lo general, yo iba a Tacabamba, a pasar los días con mi papá Héctor Acuña, mi mamá, mis hermanos, porque era el hijo más apegado a la familia. Cada vez que me lo permitía el tiempo regresaba a Tacabamba. Eran reencuentros muy gratos, llenos de afecto y alegría.

Pero en esta ocasión, a la que me estoy refiriendo, viajé de Trujillo a Chiclayo en el Comité de Autos 25 (hoy Emtrafesa). Llego a Chiclayo y compro mi pasaje en la Agencia Díaz para ir a Chota. Me registré como pasajero, dejo mi maleta y me voy al famoso Garaje Nor Oeste, donde estaban todos los camiones que iban a Cutervo y Jaén. Por ahí me encuentro con mi tío Santos Quintana. Ese día mi tío se había comprado un carro del año, y me dice: “cómo te vas a ir en ómnibus, vamos en mi carro”, y me convence para que viajemos de Chiclayo a Chota en su carro nuevo; en la parte de adelante me acomodé junto a mi tío.

La sorpresa fue la siguiente: el ómnibus en el que yo había comprado mi pasaje, en el que me había registrado y encargado mi equipaje y que debía salir a las siete de la noche de Chiclayo se volcó. Hubo 27 muertos y muchos heridos.

En la relación de los muertos que daban a saber en Chota aparecía mi nombre. La maleta sí se perdió. Habrá sido el año 1975 o el 1976 que sucedió ese accidente. Me salvé de milagro. Dios fue, una vez más, generoso y mi protector.

Yo pensaba en el gran susto que se estaría llevando mi familia al enterarse de la nómina de fallecidos. Mi tío se encargó de comunicarles que estábamos bien y de contarles cómo nos habíamos encontrado de casualidad.

Cuando retorné a mi casa me recibieron como si volviera del otro mundo. Fue un jubileo. Hubo risas y lágrimas. Recuerdo a mi madre que me abrazaba fuerte, como dándome la bienvenida a esta tierra, a nuestra tierra.

Sin embargo hasta el día de hoy me persigue la idea de que 27 peruanos que hacían el mismo viaje que yo no pudieron nunca reunirse con sus familias, nunca más. Por eso pienso que de no haber tenido la protección de Dios, no habría llegado ni al primer escalón de la meta que me había trazado. Haber vivido esta experiencia en carne propia tan solo reafirma mi deseo de poder servir a mi­ Perú.

favicon César Acuña.