15 Dic 2015 -

Acuña, fue recibido en multitud en Chota y Tacabamba y luego visitó su casita en Ayaque

Vida Personal

AYAQUE, TACABAMBA, CAJAMARCA (Especial) El dicho popular de que nadie es profeta en su tierra, no es cierto, al menos para César Acuña, que al volver a Ayaque, donde nació, pasó por Chota y Tacabamba, siendo recibido por miles de sus paisanos que colmaron su Plaza de Armas.
Tacabamba, estuvo de fiesta. Llegaba su hijo predilecto. Los hombres y mujeres habí­an paralizado sus faenas de campo y su comercio. Con vivas, aplausos, cohetes y banda de músicos alentaban a Acuña en su propósito de ser Presidente del Perú.

Tras pernoctar la noche en Tacabamba, Acuña, muy temprano, se dirigió a Ayaque. No quería regresar a Trujillo y a Lima sin volver a visitar la casita de adobe y tejos, de solo dos piezas, donde nació un once de agosto hace 63 años.

César Acuña fue recibido con cariño en Chota y Tacabamba.
En media hora llegó en carro a la añorada y humilde casita, que pese al tiempo transcurrido aún se conserva, como fiel testiga de su infancia. Claro que tuvo que caminar un trecho para llegar a ella. Cuantas vivencias rememoró en ese instante. Un nudo en la garganta tuvo que soportar por la emoción.
Su mente le hizo retroceder más de cinco décadas. Recordó, entre lágrimas, cuando papá Héctor se dedicaba a sus faenas de campo y su mamá Clementina a las labores domésticas y a cuidar a los hijos. “Claro que el más mimado era yo. Mi madre me querí­a mucho”, confesó.
“Me siento feliz de estar en mi casita. Pensar que acá nació el hombre que cambiará al Perú”, expresó con firmeza y con la plena convicción que ganará en abril del 2016 las elecciones a la Presidencia del Perú.

“Mi padre siempre se preocupó por nuestros alimentos y mi madre no se  cansaba de alentarnos y darnos cariño”, declaró. Emotivo fue el reencuentro con Esmí­n Linares, el  amigo de papá Héctor, que le hizo recordar cuando iba en busca de amigos para invitarlos a compartir sus alimentos.

Diciembre es el mes de la Navidad. No he conocido juguetes, y sin embargo éramos felices al contemplar los rayos del sol por las mañanas, las verdes praderas, los cerros, la lluvia, las estrellas, la luna, el cielo, hasta los truenos y rayos que nos hací­an estremecer. “Nuestros juegos inocentes y puros”.
Recordó que en cada Navidad, durante su infancia en Ayaque, su madre “nos reuní­a en el comedor de esta casita para contarnos el nacimiento de Jesús en un pesebre y luego elevar oraciones a Dios”.
Aquí­ pasé los primeros cinco años de mi vida, junto a los surcos de maíz y arveja, que sembraba con mucho sacrificio mi papá Héctor.

Vida Personal
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Creo que la pobreza no es una afrenta sino un reto al que derrotar con la ayuda de Dios. “Por eso yo digo que mi vida es un milagro de Dios. Hay que tener fe en El. Sino tenemos fe no percibimos el poder que nos da. El, además, nos lleva de la mano a donde debemos estar. Estoy seguro que esta vez me llevará de la mano a Palacio”.
César Acuña se sentía feliz de estar en Ayaque, al pie del empinado cerro.  Hubiera querido quedarse un par de días y volver a dormir en la rústica casita. Una vez más confiesa que todo lo que tiene le ha dado Dios y por eso lo comparte con los más necesitados. “Mi madre me decí­a que hay que ser solidarios con los demás”.

Sus emociones no las contuvo y las expresó al decir que: “Nacer en un pueblito serrano, arando el suelo para tener que comer mañana y no ver sino el mismo horizonte todos los días, fue quizá lo que llenó mi vida de una ilusión que, poco a poco, fue creciendo y enraizándose en mí  como los árboles que al alcanzar su robustez resisten el ímpetu de las tempestades,  la fuerza de los vientos más violentos”.
“Mirando el horizonte fui sembrando en mi pensamiento los caminos que me llevaran más allá, que me sacaran de la tremenda pobreza que nos tenía acorralados”, afirma al calificarse como un chotano guerrero.

Finalmente declaró que “por más humildes que seamos, todos tenemos el derecho de ser triunfadores. Todos tenemos el derecho de ser felices”.
Equipo CAP.