20 Dic 2014 -

Mi mamá Clementina

Nunca podré olvidar las lecciones de amor que me guían hasta ahora, gracias Clementina.

Desperté muy temprano, antes de lo acostumbrado. Anoche dormí pensando en mi mamá Clementina, que hoy, si Dios no la hubiera llevado a su lado, cumpliría 86 años. Tras despertarme vino el recuerdo de mi infancia, allá en Ayaque, y ver a mi mamá preocupada que el maíz y la arveja crecieran y que no vaya a ser que una plaga echara por tierra los sembríos de mi papá Héctor.
Muy claro vino a mi memoria cuando ella compartía las cosechas con los vecinos más necesitados. Su bondad no tenía límites, por eso la querían tanto. Nunca podré olvidar sus lecciones de amor al prójimo que siempre guían y guiarán mi conducta, mis preocupaciones, mis quehaceres.

Siempre que recuerdo o hablo de cosas referidas a mis estudios me viene a la mente las imágenes de mi mamá Clementina y de mi papá Héctor. Los veo en su incansable labor de vivir para nosotros, pobres pero honrados, dignos y solidarios.
Para mi mamá Clementina, para quién, por no saber leer (no fue a la escuela), los libros, sin sus hijos, no hubieran significado sino hojas en blanco, superficies vacías. Al vernos hacer nuestras tareas y entregarnos con tanto afán a la lectura de los libros (la mayoría prestados), ella nos contemplaba, silenciosa, como entrecerrando los ojos para mirar más allá de lo que estaba mirando.

Hoy comprendo, con mayor claridad, que mi madre se alegraba porque al vernos leer y escribir, sentía como si fuera ella la que estaba leyendo y escribiendo, como si nuestros ojos fueran sus ojos, como si nuestras manos fueran sus manos. Cuánto nos quiso, cuánto sacrificio para que logremos salir de la pobreza y de la ignorancia… que es la mayor pobreza.

Quizá el recuerdo más hermoso de mi infancia es verme sentado en una rústica mesa de madera, pero llena de calor familiar, y quedarme asombrado de ver como mi pobre padre y querida madre de una sola tuna hacían maravillas para que alcanzara a todos los hermanos. Ese es quizá el sabor más dulce que recuerdo.
Junto a la cocina teníamos el batán, esa piedra grande, donde con el chungo, otra piedra más chica, mi madre molía la chochoca para los tamales y hacía malabares con las pocas cosas que nos daban los sembríos de papá.

Era incansable cocinándonos, lavándonos la ropa, zurciéndola, revisándonos hasta las orejas para que fuéramos aseados a la escuela. Nos despedía acariciándonos los cabellos y dándonos un beso a cada uno. Sentía al ir a la escuela, que tras la ventanita de la casa sus ojos nos estaban vigilando, cuidándonos de cualquier peligro.
En ese entonces la casita sólo era de dos cuartos donde dormíamos y comíamos los primeros hermanos. Cuando llegamos a cinco mi padre dijo: “hay que ampliar la casa” y levantó la cocina, después otro cuartito más. Nosotros lo ayudábamos en lo que podíamos. En la cocina estaba el fogón: un poyo con sus piedras para sostener las ollas de barro, debajo de las cuales se encendía la leña.

En el cuartito inicial que levantó mi padre vivimos cinco hermanos, durante cinco años. Yo era el tercero. La vida era realmente un reto, un desafío muy pero muy difícil, aunque, como ahora lo veo, no imposible de vencer. Nada hay imposible para la voluntad del hombre que quiere luchar por sus ideales en bien no solo suyo sino de los demás.

Aún sigo recordando a mi mamá Clementina mecer en la cuna a sus niños pequeños. Los animalitos domésticos que criaba correteaban de un lado a otro y ella meciendo con sus pies la cuna de carrizo con su cuero de oveja que nos servía de colchón.
De niños no hemos tenido la infancia que todo niño se merece. No hemos conocido de celebraciones del primer año de nacidos, ni cumpleaños, ni juguetes en navidad. Los caramelos los conocíamos en figuritas. Sin embargo, éramos felices al contemplar la belleza de las verdes praderas, los cerros, el cielo, la luna, las estrellas, la lluvia, los truenos y rayos que nos hacía estremecer, además de nuestros juegos inocentes y puros.

Viví en Ayaque hasta los cinco años con mis hermanos Leopoldo, Virgilio, Grimaldo y María Teresa. Luego bajamos a Tacabamba en donde nacieron: Héctor, Darío, Grimaneza, Olga, Oscar, Josefa y Humberto (actual presidente regional de Lambayeque). Habían dos opciones: quedarse en Ayaque y estudiar en el campo o bajar al pueblo y hacer la primaria ahí. El desafío de alcanzar las mejores metas y de ser algo más, era más fuerte.

En homenaje a mi mamá Clementina fundé la Universidad César Vallejo, matriz del consorcio universitario más grande del país, la Fundación Clementina Peralta de Acuña, en la que doy educación gratuita a casi tres mil niños de dos a cinco años de edad.

Gracias a Dios y a ella me hice profesional, fui dos veces congresista, dos veces alcalde, dos veces presidente de la Asociación de Municipalidades del Perú (AMPE) y ahora electo presidente regional de La Libertad. No niego mi aspiración, y soy sincero, quiero ser Presidente del Perú para servir (no servirme) a los más de 30 millones de peruanos.

Mi mamá Clementina es ejemplo de valor, coraje, honestidad y sacrificio.